lunes, 20 de mayo de 2019

“La normalización de la injusticia”


Por Rubén Darío Rodríguez López

La justicia, en sentido formal, es el conjunto de normas codificadas aplicadas por jueces sobre las cuales el Estado imparte justicia cuándo éstas son violadas, suprimiendo la acción o inacción que generó la afectación del bien común. 

La justicia es representada con una figura de mujer que lleva los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra.  Los ojos vendados destacan que la justicia no mira a las personas y es igual para todos. La balanza figura el juicio que determinará poniendo a cada lado de la balanza los argumentos y pruebas presentados, y según su peso se inclinan hacia la culpabilidad o inocencia de quien está siendo sujeto de un juzgamiento y la espada expresa que la justicia castigará con mano dura a los culpables de la violación de las normas codificadas.

Según esta definición y representación, se podría decir que este valor universal se estuviera tergiversando, manipulando o, peor aún, ignorando en nuestro país. En las últimas décadas Colombia ha venido sufriendo un ataque delincuencial por parte de diferentes actores y desde diferentes sectores, que han puesto en entredicho la moralidad, la eficacia y sobretodo la razón de ser del aparato judicial.

Nuestra generación ha tenido que vivir en sangre propia una ola de sinsabores y decepciones al ver cómo cada día suceden violaciones a todos los derechos fundamentales de la sociedad, ver cómo los valores morales de los ciudadanos se han venido a pique en nuestra comunidad y cómo hemos normalizado una convivencia con horrores, errores, equivocaciones, omisiones, etc., que nos volvieron por una parte muy desconfiados de que la justicia funcione y se aplique como debe ser con los delincuentes, y por otro, una indiferencia con esta clase de sucesos. Recuerdo la campaña del profesor Mockus, cuándo creo la figura de una "vacuna" contra la indiferencia de la sociedad frente a los principales hechos de corrupción que se presentan en el país. 

Pareciera que la Justicia se hubiera quitado la venda que simboliza el actuar de manera equitativa frente a todos los ciudadanos; todos conocemos muchos casos donde se deja ver que algunos jueces, magistrados o fiscales, aplican la jurisprudencia dependiendo a quien están juzgando. Hay estratificación en los fallos, es claro que hay una clase de justicia para delincuentes que denominamos de "cuello blanco" y otra para los que denominamos los de "ruana", pero lo peor de esto es cómo la ciudadanía, conocedora de que algunos personajes se han beneficiado de fallos imparciales, principalmente en hechos de corrupción de funcionarios y políticos tradicionales, una vez son absueltos de manera injusta y descarada, actúan como si nada hubiera pasado y vuelven a preponderarlos y hasta a defenderlos, hasta el punto de hacer creer que fueron víctimas y no victimarios de la sociedad.

También está claro que la balanza utilizada por la justicia se está inclinando hacia los delincuentes que manipulan, desaparecen y tergiversan las pruebas, los testigos, los testimonios y se valen de cuanta artimaña encuentran, logrando salir triunfantes en procesos que a simple vista su culpabilidad es indiscutible.

Y qué no decir del desprestigio de la espada de la justicia, la que debería impartir un verdadero castigo. Hoy no hay castigo verdadero para quienes violan la Ley, no hay penas racionales que asusten o que preocupen a cualquier delincuente. Un ratero o fletero sabe que en 2 o 3 días está libre, un violador sabe que en pocos años volverá a tener el campo abierto para seguir haciendo sus fechorías y  uno no sabe si reír o llorar de ver el descaro, la desfachatez, el cinismo y la arrogancia de los políticos corruptos, que tienen muy claro que se roban miles de millones de pesos y que en caso de ser condenados, su paso por una celda está casi descartado, (creería que solamente un 10% de corruptos son condenados y la mitad de estos son llevados a prisión) y cuando son llevados a prisión, generalmente van a "clubes sociales", llamadas cárceles de mediana seguridad o en el peor de los casos, van a disfrutar "mansión por cárcel" en sus lujosas viviendas, contando hasta con escoltas, porque pueden ser víctimas de los otros delincuentes que les ayudaron a hacer los desfalcos de los recursos públicos.

Ahora, no es que los delincuentes actúen solos, está claro que pasan todas estas cosas porque el sistema judicial también esta permeado por la corrupción, porque la justicia tiene "valor", tiene precio y se puede comprar. Además, el sistema judicial en Colombia está politizado y dentro de él se cometen los principales delitos de Cohecho, de tráfico de influencias (yo te elijo, tú me elijes), de filtraciones, de chuzadas. Un proceso judicial no se gana hoy en un juzgado, se gana en una cafetería, en un restaurante, en un club o en una parcela.

Todo lo anterior se nos volvió costumbre, tanto que hasta pensamos que es normal y que lo anormal es que se imparta justicia, que cuando se hace justicia ni creemos, nos cuesta asimilarlo. En Colombia es anormal que un político sea honesto; a tal punto que, cuando un político sale bueno (son muy pocos, pero los hay), se le mandan en gavilla todas las "jaurías" corruptas hasta que lo tumban (le quitan la curul o lo inhabilitan), pero eso solo le pasa a los que son "raros", es decir a los que son honestos.

El mensaje para nuestra sociedad es claro y contundente, SER DELINCUENTE EN COLOMBIA ES HOY UNA OPCIÓN DE PROSPERIDAD, es una opción de vida y hasta digna, pero un HONESTO es un bicho raro. Hasta allá nos ha llevado esta manada de sinvergüenzas que se han apoderado y encriptado en el Poder y que pareciera que perdurarán por los siglos de los siglos, a no ser que los bichos raros seamos más y dejemos de normalizar y convivir con tanta delincuencia.

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